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El sufrirésmetro

Por JesRICART - February 15th, 2009, 18:32, Categoría: RELATOS

El Sufrirésmetro. jesusricart@hotmail.com

Un inventor, de nombre conocido en la esfera de las originalidades, se llamaba algo así como Prescott o Hyggins, ¿o era Dalton bueno no importa, lo referiré como Prescott, un hombre, digo,  de dilatada experiencia en inventos patentados, se presentó en la oficina de hallazgos  e innovaciones con un sufrirésmetro. Se trataba de un aparato flexible, algo así como una tira de caucho con ventosas, voltímetros, termómetros, pinzas y punteritos, que se podía poner encima de cualquier umbral: una puerta, un arco, un detector de armas de fuego y cuchillas de afeitar en los aeropuertos, como anexo a un electroencefalograma o junto a la pértiga de sueros de los hospitales. Este aparato media al instante la cantidad de sufrimiento de una persona, animal, planta  o cosa. Sí, cosa, ya que el inventor consideraba que todo, absolutamente todo, es susceptible de sufrir, también la materia inorgánica.

A modo de registro estadístico  permitía dos consultas a escala de cada individuo: el sufrimiento biográfico histórico y el del día en curso. También permitía medir sufrimientos de grupo: el de un equipo de fútbol, el de todo un graderío que acudía a un match  deportivo, el de la compañía teatral ante un estreno, el de los propietarios de una sala multicines, el del plenario de un gobierno, el de un equipo de investigación… Era un ingenioso sistema que media por capítulos vivenciales la cantidad del sufrimiento y en qué contextos concretos se había sufrido.

Por fin alguien deslumbraba a la comunidad técnica y a la científica sobre un aparato útil para definir la felicidad personal, suponiendo que ésta era la ausencia de sufrires. Un sufrir quedaba definido como un malestar interiorizado del que el sufriente no se sabía liberar por más que lo intentara. El sufrimiento anegaba al tipo hasta asfixiarlo y convertirlo en una pelota de golf hueca recibiendo toda la numeración de palos de los golfistas más duchos en los estacazos.

El aparato tenía sensores que disparaban una gama de sonidos chirriantes, como de cadenas de potro inquisitoriales; crujientes, los de los huesos machacados;  agudos, como de gatos maullando, que expresaba en detalle el gradiente del sufrir.

El funcionario al cargo tras repasar el impreso rellenado para la ocasión, le cuestionó la palabra.

-¿por qué sufrirésmmm, sufrirés…..metro,  a ver si me sale, ¡sufrirésmetro! y no sufrírmetro, qué sería más sencillo de pronunciar?

-porque el sufrir es un  acto y un verbo aplicado al fenómeno del sufrimiento que al componerse de un plural toca decir sufrires, contestó el inventor, mientras la máquina ya había dicho huy detectando el sobreesfuerzo que le tocó hacer al encargado de ese solicitante. El aparato añadió un huuuuyyyyy, ante el cejo fruncido del tipo que lo tocaba.

-¿Lo ve? La máquina es hipersensible. Vd. está sufriendo pro tener dificultades con un neologismo.

-Tampoco hay que exagerar, yo no diría que se trate de u sufrimiento, simplemente una inconveniencia-

-tomar una inconveniencia como una adversidad es ya un grado menor de sufrimiento,

-Parece que Vd. lo tiene muy claro. No deja de ser el investigador. Yo simplemente soy un empleado unido a mi mostrador. Pasemos a lo práctico. Le tomo nota y al siguiente.

El funcionario midió, fotografió, sopeso y archivo los impresos rellenados. Pegó las pólizas y dio los tamponazos. Prescott dejó un modelo en el conservatorio de patentes y originalidades con un acreditativo de entrega. Aquel mismo día acudió al plató de un conocido programa televisivo sobre soluciones para vivir.

-¿Cómo se le ocurrió inventar un aparato para medir el sufrimiento? Le preguntó uno de esos locutores mas ávidos de hurgar en lo espectacular del tema que no en comprender su significado.

-Muy sencillo, el mundo está sumido en sus dramas en gran parte por voluntad propia. El humano es el animal más interesado en vivir su existencia desde la tragedia. Pensé que un aparato que midiera eso contribuiría a la pacificación de las antes.

-¿Cómo funciona?

-El sufrirésmetro es un artefacto que actúa como un robot  ordenador. Hace de espejo reflejo que detecta lo que hay en el duro capítulo de las emociones dolorosas. Admite órdenes de trabajo concretas pero se le puede dejado conectado en un programa soberano según el cual detectar el sufrimiento en un considerable radio de acción. Antes de que u visitante entre en casa el aparato ya sabe en qué estado de sufrimiento llega.

-¿siempre hay sufrimiento?

-Siempre sin lugar a dudas, sin embargo la cultura ha inventado estrategias para disimularlo.

-Puede proporcionar una definición actualizada de sufrimiento.

-¿Actualizada? El sufrimiento no necesita de ninguna definición actualizada. Hay que definirlo en lo que siempre ha sido: la incapacidad ancestral del ser humano en ser lo que quería y podía ser.

-¿Estamos obligados a sufrir?

-¿Obligados? Nada obliga al ser humano a sufrir pero sin embargo algo de su propia naturaleza lo mete en el torbellino del sufrimiento del que nunca llega a escapar del todo. Eso lo hace antagonista a sus propósitos de bien estar y felicidad.

-Luego entonces la felicidad y el sufrimiento son incompatibles.

-No exactamente. A mayor sufrimiento menos felicidad y a mas felicidad personal menos tiempo y acciones dedicadas a la experiencia del sufrimiento. Por otra parte pasar por su itinerario es educativo e ilustra al ser humano para alcanzar la madurez.

-¿Su aparato para qué sirve exactamente?

-Para concienciar de la infinita cantidad de detalles de conducta que se viven erróneamente y por los que se sufre superfluamente. Evitándolos se da más oportunidad al placer de la vida y por tanto al placer con los demás.

-¿Debemos manifestar el sufrimiento cada vez que lo padecemos? ¿Qué nos aconseja?

-Creo que todo acto catártico va a favor de la verdad y la libertad de expresión sentimental debe ser propiciada. Eso favorece la sinceridad colectica y des petrifica el mundo. Por otra parte hay que recomendar una cierta contención. O hay nada más insoportable que el de aquel sujeto que no para de sufrir y utiliza a sus amigos como paños de lágrimas. Estos acaban por hartarse y no hacerle caso. Eso nos lleva a la cuestión egoísta del sufrimiento. Sufrir no deja de ser una dislocación en la ecuación simple de la vida según la cual el bienestar se consigue con dos ingredientes: comprensión y reconciliación.

-Si colocáramos su sufrirésmetro en las entradas de autobuses o de cines u otras salas de espectáculos, posiblemente no pararía de sonar. ¿Eso favorecería a la población?

-Buena pregunta. Un aparato que demuestre ostensiblemente la existencia de sufrimiento reinante en cualquier espacio público, ahora mismo, aquí en este plató, con los espectadores que nos siguen desde las gradas, nos crearía graves aprietos, puesto que mientras estamos tratando de objetivar un tema, el indicador no pararía de estar demostrando el dolor subjetivo de los asistentes. Eso demostraría la disociación permanente entre lo que está en curso (un hecho, una actividad, una referencia) y lo que se está sintiendo.

-Cabe la posibilidad de que hubiera una reacción en contra de esos indicadores y los saboteadores los destruyeran sin contemplación.

-Sí, eso ya está contemplado y por ello ha costado encontrar una casa aseguradora que acepte una póliza a todo riesgo. Cada unidad cuesta por el momento una fortuna, y mientras las instituciones y las empresas no lo compren además de que lo haga los particulares en masa no se abaratará su coste. ¿Qué le vamos a hacer? Frete al instinto primario violento del ser humano solo cabe aguantar sus aguaceros.

-A ver si lo entiendo. Vd. y su familia colocan el aparato en casa y les va diciendo quien sufre y la cantidad de sufrimiento ambiental.

-Aproximadamente eso es. A la maquina se le puede preguntar todo y rastrear cada motivo de sufrimiento. Su ventaja es que nadie, que la acepte claro en la aplicación de su espacio doméstico o de sí mismo, puede negar los datos que arroja. Es como un termómetro que mide la temperatura corporal. Evidentemente la fiebre no es un dato terminal pero indica u proceso mórbido o una patología. La sociedad está acostumbrada a negar su verdadera sentimentalidad. Los miembros de la sociedad nos mentimos los unos a los otros diciéndoos que estamos muy bien, como frase a piñón fijo, cuando en realidad tenemos problemas que preferimos no contar. El sufrimiento medido por el sufrirésmetro no es tanto la detección de estos problemas sino la imposibilidad de comunicarlos o de pedir auxilio para resolverlos.

 

Prescott tuvo su temporada de gloria por ese chisme, ganó algunos premios y bastantes revistas científicas se interesaron por él. La empresa que produjo en serio el aparato hizo impacto en el mercado. La demanda creció y no faltó en ninguna lista  de bodas  como un electrodoméstico más junto a la cafetera exprés, el microondas y la licuadora. Hubo también espionaje industrial para apoderarse del mapa de su diseño. Prescott no tenia queja de la proyección del aparato a precio cada vez más asequible a escala internacional. Pero después de algún tiempo sucedió algo inusitado. Las ventas cayeron vertiginosamente ante un nuevo diagnóstico de la salud metal: el síndrome de veritas. Se había empezado a recoger casuística de enfermos de personalidad alterada por excesos de autococienciación de lo mucho que sufrían. Se sobreentendió que no conocer su sufrimiento era un modo de atajarlo. Un nuevo inventor, un tipo huraño que siempre había tenido envidia de Prescott  (se llamaba algo así como Patton, o tal vez era, Aton, o Panto, bueno no importa) patentó por aquellos días un aparato llamado olvidador de penas y que la prensa pronto bautizó como el ala del avestruz. Ese aparato servía para adulterar los sentimientos circunstanciales coloreándolos con las mejores notas de optimismo fueran los que fueran. Por un módico precio traía un suplemento que creaba interferencias en los delicados sensores del sufrirésmetro de tal manera, que quien deseaba mentirse no tenia más que comprarse el ala del avestruz para distorsionado los resultados del otro.

Prescott y Patton fueron invitados a un eminente congreso científico para que la comunidad científica pudiera juzgar cual era el mejor hallazgo para la humanidad. En sus respectivos turnos de palabra hablaron así:

Turno de Prescott: el sufrirésmetro por ahora da indicadores altos de  distorsión sentimental. Es el aparato que demuestra técnicamente con fiabilidad extrema la falta de felicidad. Sabemos que el ser humano no es feliz y todo lo que hace en su literatura, en sus obras de arte y en la expresión de sus deseos una pretensión quimérica de ella. En la práctica no la consigue porque está obligado a coexistir con sus límites que se impone a sí mismo. El problema de un humano no es que sea esclavo de otro sino que es esclavo de si mismo que lo tiene sumido en la mentalidad de un gusano. El instrumento de medición de su infelicidad es uno más dentro de la aparatología moderna para conocer los límites y la realidad íntima de la condición humana.

Turno de Patton: El olvidador de penas permite ignorarlas y vivir como si no existieran. Cumple la misma función que las drogas clásicas pero sin tener que pasar por los efectos  terribles de estas. Desde que el mudo es mundo el ser humano ha tenido a escapar de su realidad y de sus verdades. ¿Para qué engañarnos? A quien le interesa desentrañar los misterios de la vida o analizar las estructuras de sociedad y sufrir por ello al no poder cambiarlas. Mi aparato ofrece la alienación total, la enajenación ante los objetos de dolor, la onírica diurna, el lavado de cerebro más barato.

 

Después de intensos debates y deliberaciones se consideró que la humanidad no estaba preparada para soportar su cuota de sufrimiento y se sugirió a Prescott que impugnara su invento. Patton pasó a ser el insigne teórico de una vida sin sufrimiento. Pasado el tiempo los aparatos de Prescott serian paulatinamente retirados del mercado. Una brigada especial irrumpía en los hogares para detectarlos y retirarlos e cada de que sus dueños no lo hubiera hecho, situación que era fuertemente multada. Un edicto prohibió a la gente estar al corriente del sufrimiento en general. Las gramáticas de todos los idiomas volvieron a los viejos usos: how are you? Very well, thank you. Prescott fue llevado a los tribunales acusado del delito de concienciador (una modalidad recogida por el código peal severamente castigada con dos o tres décadas de cárcel). Finalmente tras su sentencia no quiso continuar con la comedia social  y se quitó la vida. O podía continuar viviendo al sentirse tan avergonzado de sus semejantes. En ese preciso momento los millones de aparatos que todavía estaba en funcionamiento tanto los almacenados por decreto de retirada impositiva como los clandestinizados y conservados en domicilios privados, sonaron los pitidos más intensos que su gama de avisos podía dar. La onda ruidosa fue de tal magnitud que nunca antes el género humano escuchó un llanto tan triste.

Algún periodista al día siguiente dijo que la humanidad no estaba perdida porque aun sabía llorar.